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Queridos Luismi y Elena:
Hoy ha nacido vuestra hija María. ¡Cuánto habéis esperado ese momento!. Ella es expresión viva de un amor fecundo, comprometido, creyente y fiel. Pero también es signo de la bendición de Dios que no se deja ganar en generosidad.
En vuestra boda decíais que vuestra vida quería ser comunidad y vuestra familia era una Iglesia. Desde entonces habéis hecho todo lo posible para concretar vuestro amor en cada jornada, para edificar esa Iglesia doméstica que es vuestra familia y para vivir como signo de Dios, que es amor. Vivís el matrimonio y la familia como una vocación que integra toda la vida y sabe afrontar los desafíos que van llegando. Vosotros y tantos otros sois expresión de una Iglesia integradora, inclusiva y plural, es una Iglesia familiar, de casa... es la Iglesia doméstica.
Primero quisisteis tener una morada, un espacio propio, el lugar de recogimiento, de volver sobre vosotros mismos, de silenciar las prisas y las bullas de la vida. En vuestra casa habéis expresado vuestra identidad y vuestro proyecto, aquellos valores que son clave para vosotros y aquellas personas que forman parte de vuestra vida. Es una casa abierta y hospitalaria, íntima y acogedora. Es el templo de vuestro amor, el lugar donde hacéis posible la utopía del amor.
No os habéis quedado en tener una casa, sino que habéis querido edificar una auténtica Iglesia que manifieste la pasión de Dios por todos, que os ayude a crecer como personas y creyentes y que esté abierta a acoger la vida que nace. Habéis hecho de vuestra casa una Iglesia y de vuestro amor un auténtico sacramento de vida y entrega. Nuestro mundo está necesitado de experiencias comunitarias y familiares que expresen el amor y la fe. Vosotros sois una de ellas.
La familia es una Iglesia abierta y acogedora. Sus únicos límites son los del amor. En la familia se acogen los acontecimientos y se experimentan las diferencias, se sufre con las dificultades de sus miembros y se celebra cada momento de la vida. En la familia se crece en tolerancia y respeto. La familia recoge el ideal comunitario un solo corazón, una sola alma y todo en común. Pero también la familia fecunda la humanidad con la semilla del amor, del encuentro y de la vida.
Durante mucho tiempo la Iglesia estaba formada fundamentalmente por Iglesias domésticas. Hoy, sin embargo, les prestamos poca atención. Nos fijamos más en otras realizaciones de la Iglesia que nos parecen más firmes y más seguras. De ese modo hemos olvidado algunas características propias como la intimidad, la convivencia, la acogida, la alegría, el compartir, la sencillez... ¡el amor! Son características fundamentales de la vida. No podemos dejar de lado a la Iglesia doméstica. Es expresión de vida, dinamismo y amor. Hoy las necesitamos. Quizá, dentro de muy poco, las Iglesias domésticas vuelvan a ser el núcleo creyente más habitual y más importante.
Santiago Aparicio