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XXV DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO (A) - DIUMENGE XXV DE DURANT L'ANY (A)

HOMILÍA

¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?

Jesús, en la parábola del evangelio de hoy, ha tomado su punto de partida de la vida cotidiana. El reino de los cielos, dice Jesús, se parece a un propietario que contrata a unos jornaleros por la mañana, a otros a mediodía y a otros al caer la tarde; pero al fin de la jornada, todos reciben un denario.

Jesús, con esta parábola intenta hablarnos de lo que ocurre con el Reino de Dios. Fijémonos en el diálogo final:

  • Los trabajadores de la primera hora pensaban que recibirían más. ¿Por qué?. Estos últimos han trabajado sólo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno. Tienen razón, podemos pensar: han trabajado más; merecen mejor jornal.
  • El propietario responde: ¿No nos ajustamos en un denario?. Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?. El propietario también se explica con claridad. Y no resulta injusto.

Pero Jesús, con esta parábola, no quiere dar lecciones de justicia social, sino decirnos lo que ocurre con el Reino de Dios:

  • Los jornaleros de la primera hora representan a los judíos celosos y observantes. Cuentan con su trabajo, con sus méritos. Tienen, pues, unos títulos que presentar ante Dios. Pueden irle con exigencias. Más todavía: sus méritos les autorizan –creen ellos– a considerarse superiores a los demás: Estos últimos han trabajado sólo una hora y los has tratado igual que a nosotros. ¿Cómo es posible, tratarnos igual, cuando nosotros somos mejores?.
  • El dueño de la viña representa aquí al Padre del cielo: Quiero darle a este último igual que a ti. ¿O vas a tener tu envidia porque yo soy bueno?. Le molesta la suficiencia de aquellos obreros de primera hora. Han trabajado bien, eso es verdad. Pero, ¿Por qué han de meterse con los que han venido luego y querer medirles con cuentagotas lo que él les regala de corazón?

Nos cuesta tanto comprender que, ante Dios, no tenemos ningún mérito que exigir!. Yo he hecho eso y aquello; he cumplido con tal y con cual obligación. Merezco, pues.... No merecemos nada. Dios es quien nos ama, quien nos llama a su Reino, quien nos ofrece gratis su amor.

Los últimos serán los primeros y los primeros los últimos. Los escribas y fariseos quedaron atrás. Y aquellos pobres pescadores del lago; y aquel publicano, Mateo; y los otros discípulos, gente del pueblo sencillo, pasaron a ser primeros.

¡Pero, cuidado!. Por el hecho de ser primeros o últimos, nadie de nosotros puede enorgullecerse ni considerarse superior a los demás. Siempre debemos mirar arriba, abrir los brazos para acoger el don de Dios, y decirle: ¡Gracias, Señor! Eso es lo que ahora vamos hacer en esta Eucaristía.

Francisco Albuixech

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