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LA SAGRADA FAMILIA (B) - LA SAGRADA FAMÍLIA (B)

HOMILÍA

El niño iba creciendo y se llenaba de sabiduría

Dentro del ambiente de las fiestas de la Navidad, en este primer domingo de la octava la Iglesia celebra la fiesta de la familia de Nazaret, modelo de estimación sencilla. Por tanto, con esta fiesta, no se trata de hacer una apología en defensa de la familia tradicional, sino de un hecho salvífico: que el Hijo de Dios “habitó entre nosotros”, como hijo de José y de María, como miembro de una familia y vecino de un pueblo. Y a partir de ahí es donde nosotros celebramos la fiesta de la familia de Nazaret.

Quede claro que con esta fiesta la Iglesia no pretende dar soluciones o recetas para las familias. Lo que desea es que profundicemos en nuestra fe y veamos a la familia como un medio de convivencia social, de relacionarse las personas.

Es cierto y a nadie se le puede ocultar que la sociedad actual pone interrogantes a la familia como institución. Cada vez son mayores las tensiones en la convivencia entre los esposos, entre los padres y los hijos. En la mente de todos están la serie de problemas sobre la estabilidad del matrimonio, la rebelión de los hijos, la distribución de funciones dentro del quehacer común de una familia...

El evangelio no nos habla mucho de la familia de Jesús, de ahí que no tengamos muchos datos, pero una cosa si es segura: él quiso nacer y vivir en una familia, quiso experimentar la vida de una familia, y por añadidura, pobre, de trabajadores. Una familia que tuvo la amarga experiencia de la emigración y la persecución...

La fiesta de hoy es una invitación a que valoremos y orientemos la vida de nuestra familia a la luz de la de Nazaret, que es lo mismo que la luz del evangelio.

La primera lectura de hoy nos traza un pequeño tratado del comportamiento de los hijos para con sus padres.

Ciertamente, nosotros somos conscientes, de que el marco social ha cambiado mucho desde entonces. Pero la actitud que él señala sigue siendo actual: atender a los padres, también cuando se vuelven viejos y empiezan a chochear. Qué fácil es quererles cuando son ellos los que nos ayudan a nosotros. Y qué difícil es ayudarles y como los marginamos cuando ya no se valen por si mismos.

El motivo que da el autor sagrado en esta primera lectura para urgir el amor a los padres no es sólo humano. Se remonta a Dios y a su mandamiento: honrar padre y madre: “El que honra a su padre, cuando rece será escuchado, el que honra a su madre, el Señor le escucha”.

Ha cambiado el sistema educativo. La familia quizá no sea tan autoritaria, la independencia de los hijos se valora mucho más. Pero el mandamiento de Dios continua, y debe tener aplicación en cualquier circunstancia: “honra a tu padre y a tu madre...” San Pablo nos ha descrito en su carta otro cuadro, el de la comunidad y la familia cristiana. Las claves que él nos da también siguen válidas: “revestios de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, sabed comprenderos mutuamente, perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro: y por encima de todo esté el amor”.

Es esta actitud la que nos suele faltar: la acogida mutua a pesar de la diferencia de edad y de carácter. Las relaciones interpersonales siempre han sido y serán difíciles. Aunque la fiesta de hoy no nos da, ni pretende darnos, soluciones para la vida familiar o social, sí nos ofrece claves profundas, humanas y cristianas a la vez, de convivencia: el amor, la comprensión, la acogida mutua. Pablo enumera detalles sencillos pero básicos: “maridos, amad a vuestras esposas y no seáis ásperos con ellas, padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos”. Pero hay una clave todavía superior, según él: porque todo esto no lo busca una familia cristiana sólo por motivos humanos, sino “en el Señor”: o sea, desde la fe cristiana. Porque Dios nos ha perdonado, es por lo que nosotros perdonamos a los demás. Porque Cristo Jesús ha aparecido en medio de nosotros, es por lo que nos sentimos agradecidos y unidos los unos a los otros.

En la familia de Nazaret encontramos también la vivencia religiosa, acuden al templo a orar, a presentar su hijo al Señor.

Nos sirve de modelo de toda familia cristiana, que es invitada a rezar unida. Al celebrar, también como familia, la Eucaristía semanal. Por eso hemos escuchado cómo Pablo invitaba a la oración en común: “celebrad la acción de gracias, que la palabra de Cristo habite entre vosotros, y todo lo que hagáis hacedlo en nombre de Jesús”.

Terminemos esta reflexión preguntándonos: ¿no es ahí, en la oración familiar, en la Eucaristía celebrada en común, donde mejor pueden las familias alimentar su fe, su ilusión de vivir, su compromiso diario de amor?.

Francisco Albuixech

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[Comunidad Parroquial San Pedro. Puerto de Sagunto]