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Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres.
Después de unos domingos en que hemos escuchado el capítulo sexto del evangelio de San Juan, volvemos al que durante el 2009 es nuestro evangelista del año, San Marcos, que iremos escuchando hasta el adviento.
Marcos sitúa la escena poniendo delante de Jesús a un grupo de escribas y fariseos, buenas personas, cumplidores de la ley de Dios, pero con unos defectos muy notorios que Cristo denunció con insistencia. Es un espejo en el que también nosotros nos tenemos que mirar.
La norma, la ley, es necesaria, y nos sirve de camino para el bien y para la armonía interior y exterior.
Pero Jesús critica en los fariseos un estilo defectuoso en su cumplimiento de la ley. Será bueno que hagamos examen de conciencia, por si también nosotros merecemos estas acusaciones:
sepulcros blanqueados, limpios por fuera y podridos por dentro(Mt. 23,27). Lo exterior es bueno, pero no es lo principal; las actitudes interiores hay que cuidarlas más.
Este pueblo me honra con los labios pero su corazón está lejos de mi. Somos fariseos cuando aparentamos por fuera una cosa y por dentro pensamos o hacemos lo contrario.
Nos preguntamos en este examen: ¿somos así nosotros, como los fariseos?, ¿somos capaces de perder la paz, y hacerla perder a otros, por minucias insignificantes en la vida familiar o eclesial?, ¿sabemos distinguir entre lo que tiene verdadera importancia y lo que no?
La Palabra de Dios nos urge hoy, por tanto, a ser cumplidores de la ley y de la voluntad de Dios. Pero con convicción y con amor. No según el estilo de los fariseos, que puede ser el nuestro, tanto sacerdotes y religiosas como laicos, jóvenes o mayores.
Pidamos en esta Eucaristía, al Señor, la gracia de amarle a Él por encima de todo y a las personas como nosotros nos amamos.
Francisco Albuixech