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II DOMINGO DE ADVIENTO (C) - DIUMENGE II D'ADVENT (C)

HOMILÍA

Todos verán la salvación de Dios

La Palabra de Dios proclamada en este segundo domingo de adviento se abre con una invitación del profeta Baruc a la esperanza, anima a los habitantes de Jerusalén a dejar sus vestidos de luto y a ponerse las galas de gloria porque sus hijos desterrados van a volver del destierro de Babilonia. Lo que el Profeta quiere subrayar es la especial providencia de Dios sobre su pueblo y la gloria inminente de la llegada del Mesías. Baruc repite las metáforas de Isaías sobre allanar los montes y preparar los caminos que más tarde volverá a recoger el Bautista, como necesaria preparación a la venida del Mesías.

San Lucas, como buen historiador, con precisión de informador riguroso, localiza perfectamente el tiempo y circunstancias de la aparición de Juan, hijo de Zacarías. Con Juan Bautista se cumple la profecía de Isaías, citada por Baruc: una voz grita en el desierto… Y la voz que grita pide una igualdad, un terreno apropiado para construir el camino por donde va a llegar el Señor. Deseamos que brillen la justicia y la verdad en las relaciones humanas, y por ello queremos ser justos y veraces en nuestras actuaciones. Nos duele que se cierren empresas, que se despidan a obreros, queremos abrir nuestros corazones a los lamentos de los pobres. Nos duele el drama del hambre en el mundo, y nos alegra que haya voces que nos digan que otro mundo es posible, y queremos conseguir los valores de la libertad, la igualdad, la solidaridad… Dios nos está llamando a los creyentes en la vida de hoy, como en los tiempos en que Juan Bautista predicaba en el desierto… Hay algo peor que predicar en desierto. Es predicar a multitudes desatentas. Más de dos mil años hace que se viene repitiendo las palabras de Isaías: preparad los caminos… Sin embargo sigue habiendo montes, valles, desigualdades: en sueldos, en escuelas, en trabajos, escandalosas desigualdades…

Juan Bautista invita a la conversión y la conversión no se hace de una vez para siempre. No somos convertidos mientras no estemos convirtiéndonos cada segundo del día. Vivir en cristiano es un constante reajuste de actitudes entre las que está la del mensaje evangélico predicando sin cansancio, aunque parezca inútil.

El Reino nunca es un árbol crecido, sino una semilla, como nos dice Jesús: la semilla se extiende y la tierra lleva dentro potencia suficiente para hacerla crecer. El evangelio es sembrar, predicar, evangelizar, insistir, dar testimonio, compromiso. Juan Bautista… ya sabemos como terminó, su fe le llevó hasta las últimas consecuencias. Y también sabemos como acabó Jesús, ambos predicaron la Palabra y fueron testigos de Ella. En el año 2009 la Iglesia existe y está viva y dentro de Ella hay personas que sufren por ser fieles a su fe, son víctimas de atropellos por aquellos que no quieren oír la voz de Dios: : preparad el camino…, allanad sus senderos, la salvación de Dios está cerca. La Iglesia sigue predicando en desierto y los hombres siguen haciendo callar las voces de los profetas de nuestros tiempos porque les molesta igual que herodes acalló la voz de Juan. Son los profetas de ayer, de hoy y de siempre: Baruc, Isaías, Juan XXIII, Óscar Romero, Teresa de Calcuta, etc…Con frecuencia, algunos de estos profetas son asesinados.

Esta Eucaristía, hermanos y hermanas, nos está invitando a todos a la conversión, a la esperanza cristiana, al compromiso. Juan el Bautista nos ha hecho una llamada a la conversión. El adviento de este año 2009 alienta nuestra esperanza para responder a esa llamada de conversión.

Francisco Albuixech



¿Qué significa la palabra “decente” aplicada al trabajo? Significa un trabajo que, en cualquier sociedad, sea expresión de la dignidad esencial de todo hombre o mujer: un trabajo libremente elegido, que asocie efectivamente a los trabajadores, hombres y mujeres, al desarrollo de su comunidad; un trabajo que, de este modo, haga que los trabajadores sean respetados, evitando toda discriminación; un trabajo que permita satisfacer las necesidades de las familias y escolarizar a los hijos sin que se vean obligados a trabajar; un trabajo que consienta a los trabajadores organizarse libremente y hacer oír su voz; un trabajo que deje espacio para reencontrarse adecuadamente con las propias raíces en el ámbito personal, familiar y espiritual; un trabajo que asegure una condición digna a los trabajadores que llegan a la jubilación.

Benedicto XVI, Cáritas in veritate,63

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