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VI DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO (C) - DIUMENGE VI DURANT L’ANY (C)

HOMILÍA

Dichosos los pobres; ¡ay de vosotros, los ricos!

Acabamos de leer la página más original del Evangelio. Ella resume la esencia del mensaje de Jesús, y por tanto, en ella debe fundarse todo programa de relaciones humanas que se tenga por cristiano. Ella es, sin duda, la página más radical y revolucionaria, si los creyentes nos decidiéramos a ponerla en práctica. Pero las Bienaventuranzas no son simplemente un programa. Son las respuestas de fe del cristiano a la Vida, Muerte y Resurrección de Cristo en quien contempla realizadas plenamente.

Las Bienaventuranzas proponen un horizonte infinito de realizaciones cristianas. Por eso muchos de nosotros preferimos cómodamente los Mandamientos, que nos delimitan la moralidad: “hasta aquí no es pecado”… “cumpliendo esto ya te salvas”… Las Bienaventuranzas se identifican más bien con el Mandamiento Nuevo, de ilimitadas exigencias concretas.

El programa de las Bienaventuranzas no equivale a un conjunto de leyes que regulan actitudes morales de honestidad como los Mandamientos, sino ante todo, las Bienaventuranzas insinúan múltiples situaciones de vida creadas por la fe en Cristo.

Las Bienaventuranzas de San Lucas nos presentan dos actitudes opuestas que luchan en el interior de toda persona. La actitud de la persona que ha puesto su corazón y su vida en el Reino de Dios, en la verdad, el amor, la justicia. Y la actitud opuesta de la persona que busca la felicidad en sí mismo, aplastando a los otros, despreciando la verdad y la justicia. Estos, aparentemente triunfadores y felices, son para Cristo los desgraciados y miserables. Aquellos, los pobres, los hambrientos, los atribulados, los perseguidos, son para Cristo los felices.

Con esto San Lucas no pretende legitimar religiosamente la pobreza de la gente que la sufre, sino que afirma una realidad de fe: afirma la realidad del Reino de Dios, la vida que Dios quiere para todos, con preferencia para los pobres. Y constata a su vez cómo ese Reino de Dios es rechazado por los ricos, los hartos, los triunfadores y dominadores, mientras es acogido por los pobres, los hambrientos, los oprimidos y marginados. El Reino de Dios es para éstos, pues lo ansían, y por eso luchan hasta que sea una realidad.

Así es, si nos fijamos un poco. ¿Quiénes luchan con eficacia –no parlamentariamente- por una real transformación de la sociedad?... ¿No es acaso el pueblo cuando se da cuenta de su marginación?... En la situación actual de nuestro País se ve claramente cómo los partidos políticos de los ricos pretenden en el fondo conservar una situación de privilegio para ellos solos.

Pero entendamos bien a San Lucas. Las Bienaventuranzas no pretenden dejar las cosas tal como están hechas por los hombres, sino que hay que luchar para que llegue el día en que aquello que significa el Reino de Dios sea una realidad “ya ahora”.

El anuncio de felicidad que hace Jesucristo, es un anuncio de plenitud en el futuro. Pero tomarlo en serio supone comenzar a realizarlo “ya ahora”. La voluntad de Cristo es que preparemos desde aquí “los cielos nuevos y la tierra nueva”.

Recordemos que en este día celebramos la jornada de la Campaña contra el Hambre en el mundo. Quiero recordar como pide el Concilio a los cristianos, los gozos y las esperanzas, angustias y tristezas de los pobres y cuantos sufren. A ellos, el evangelio que acabamos de escuchar los proclama “bienaventurados”, porque suyo es el Reino de Dios. A la vez Lucas dice: ay de vosotros, los ricos y saciados, porque tendréis hambre y lloraréis.

Nos dice Benedicto XVI en la encíclica, Caritas in Veritate: el hambre no depende tanto de la escasez material cuanto de la insuficiencia de recursos sociales, el más importante de los cuales es de tipo institucional. Porque eso es lo verdaderamente inconcebible, lo vergonzoso: que haya recursos para armas y para salvar a los ricos de la crisis y no haya ni siquiera voluntad de saciar el hambre de mil millones de seres humanos. Es triste, pero hay que decirlo bien alto: lo que falta no es pan, sino vergüenza.

A esto nos compromete la celebración eucarística de cada domingo.

Francisco Albuixech

Padre nuestro, que estás en el cielo,
danos hoy nuestro pan de cada día,
el nuestro, el de todos,
el de cada día, el que necesitamos.
Que nadie se apropie de un mundo, que es tuyo, de todos.
Que nadie acapare lo que necesitamos todos.
Que sepamos repartir el pan y el trabajo,
para que podamos vivir en paz y felices
hasta que nos sentemos todos, en familia,
contigo, Padre, en el cielo.

hoja de Eucaristía, 14-02-2010

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