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IV DOMINGO DE CUARESMA (C) - DIUMENGE IV DE QUARESMA (C)

HOMILÍA

Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido

La hermosa parábola del hijo pródigo, que más exactamente podríamos llamar del buen padre, responde a una situación creada por el comportamiento de Jesús que acoge a los pecadores públicos y se sienta a comer en la mesa de los publicanos. Tal conducta era motivo más que suficiente para levantar la murmuración y el odio de escribas y fariseos contra el Profeta de Nazaret. Los representantes de la piedad oficial, los públicamente buenos, aquellos que se tenían a si mismos por justos y juzgaban a los demás, los maestros y los celadores de las buenas costumbres en Israel, no podían permitir el escándalo y la provocación de Jesús. Y mormuraban entre si diciendo: Ese acoge a los pecadores y come con ellos. Respondiendo a tal acusación, Jesús propone la siguiente parábola, vamos a fijarnos un poco en ella para poder entrar en el pensamiento de Jesús:

El primero y el personaje más importante es el padre. Nos es descrito como una persona que ama profundamente a sus hijos, hasta el punto de no quererlos retener por la fuerza es su casa: los trata como personas adultas y acepta las decisiones que toman libremente, aunque no les parezcan correctas.

Pero, sobre todo, el padre jamás deja de amar a sus hijos, aunque se hayan alejado de él. Siempre les considera como hijos queridos. De este modo se mantiene en disposición de recibir al que decide regresar a casa, y se conmueve profundamente cuando ve llegar al hijo menor, sobre todo, porque intuye que este hijo ha comprendido como le ama el padre.

Al escuchar y reflexionar esta parábola no nos resulta difícil comprender que Jesús, hablándonos de este padre, quiere hablarnos de Dios, el Padre con mayúscula, a quien Jesús conoce profundamente.

Junto al padre está el hijo menor. Toda su grandeza consiste en darse cuenta y reconocer que, rompiendo su relación y el amor con el padre, no ha sido más feliz ni más persona, sino que se ha encontrado vacío de todo. Y es capaz de emprender marcha atrás en su camino. Y empieza a vivir de nuevo como hijo desde el momento en que en su interior decide firmemente restablecer la relación rota, desde el momento en que dice: Me pondré en camino adonde está mi padre.

¿Y el hijo mayor? Este tiene la virtud de que nunca se movió de casa. Siempre ha estado junto al padre; pero, a pesar de esto, no supo aprender a amar como el padre. Vive en la casa del padre pero no tiene las cualidades del padre.

A este hijo mayor, que se enfada porque se concede la dignidad de hijo al que ha regresado, el padre le invita a entrar en casa y a abrazar también a su hermano menor. La parábola de Jesús termina aquí, con la invitación del padre, sin decir nada de la respuesta del hijo mayor.

La parábola termina aquí porque Jesús la dirigía a aquellos que le criticaban por su amistad con los pecadores. Aquellos fariseos y letrados eran el hijo mayor: nunca se habían apartado externamente de la casa del padre, pero no se comportaban como el padre. Jesús les pide que cambien de actitud.

La situación de los que hoy hemos escuchado la parábola seguramente se encuentra también reflejada en el modo de actuar de alguno de los dos hijos.

Que la participación en la Eucaristía de hoy y también la participación en el sacramento de la reconciliación –a la que se nos invita especialmente en este tiempo de Cuaresma- nos haga entrar más plenamente en la alegría de ser hijos de Dios, de este Padre que Jesús nos da a conocer. El Padre que nos ama, que nos espera, que quiere que compartamos su vida, su fiesta.

Francisco Albuixech

¿Qué te voy a decir, Padre, cuando llegue a tu presencia,
si me siento abrumado por mis pecados?
Me quedaré en silencio, cabizbajo,
sin saber que decir, cómo explicarte…
Y Tú me tomarás de la mano y me alzarás del suelo,
y me estrecharás en tus brazos, como al hijo pródigo,
sin un reproche, sin afearme nada,
sin juzgarme, perdonándome.
Y yo caeré rendido en tus brazos, acurrucado en tu amor,
Y entenderé por fin, que eres mi Padre, que me quieres,
que soy tu hijo…
¡y que yo también te quiero, a pesar de todo!

(Hoja de Eucaristía, 14-03-2010)

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[Comunidad Parroquial San Pedro. Puerto de Sagunto]