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XXV DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO (C) - DIUMENGE XXV DURANT L'ANY (C)

HOMILÍA

Nos ha dicho el profeta Amós en la primera lectura: Escuchad esto, los que exprimís al pobre y despojáis a los miserables, los que compráis por dinero al pobre, y al mísero por un par de sandalias.

¡Hace tantos siglos que el profeta escribió estas palabras! Y tienen tal actualidad que las podemos repetir hoy como entonces.

Amós, un hombre del campo, originario de Técoa, ha sido escogido por la fuerza de la palabra de Dios para predicar al reino de Israel. Era la época del rey Jeroboán II. El profeta denuncia el lujo y las injusticias que contempla: grandes construcciones, tiendas de lujo, grandes negocios de comerciantes que explotan a la gente sencilla, etc… Mientras, por otro lado, los pobres no tienen comida.

En este ambiente sus palabras suenan fuertemente: Unos pocos se enriquecen a costa de la expoliación del pueblo humilde. Los trabajadores o jornaleros se han visto obligados a vender sus pequeñas propiedades, e incluso, a vender a sus hijos o venderse a sí mismos. Ante esta situación el profeta se siente obligado a gritar contra la terrible injusticia que existe en el pueblo.

Estas palabras del profeta Amós, pronunciadas setecientos años antes de Jesucristo, tienen hoy en nuestro país tal actualidad que parece sean pronunciadas en este momento: todos sabemos la crisis económica por la que está atravesando nuestro país; los expedientes de regulación de empleo se multiplican, el paro aumenta, cuatro millones de parados… consecuencia de todo esto, como siempre, los que más lo están sintiendo en sus carnes son los trabajadores, los de siempre, los más pobres…

Parece que el paso de los años, los cambios históricos, culturales y sociales, no han modificado mucho la conducta humana. Por lo menos en lo que se refiere a este aspecto: el querer siempre ganar más aunque sea a costa de la necesidad de otros…

Cuando el Papa Juan Pablo II estuvo, en uno de sus viajes, en Brasil dijo que no era admisible un sistema económico que se despreocupa de los más necesitados, que deja sin trabajo a una parte de la población, o les da un trabajo con un salario que ni llega al mínimo indispensable. Y un dirigente empresarial respondió diciendo que las palabras del papa eran muy hermosas pero irrealizables, porque las leyes de la economía obligan a preocuparse más del dinero que de las personas.

Y todo ello nos lleva a recordar una de las afirmaciones fundamentales del Evangelio de Jesucristo. Aquello que hemos escuchado hoy como final del texto del evangelio; unas palabras difíciles pero también clareas y contundentes. Dijo Jesús –y nos lo dice hoy a nosotros– : No podéis servir a Dios y al dinero.

Palabras claras y contundentes, pero también palabras difíciles. Porque ¿quién de nosotros puede decir con seguridad que está libre de este intento de servir a la vez a Dios y al dinero? Ciertamente hay muchos grados – del más al menos – en este intento de trampear el no quedar mal con Dios pero al mismo tiempo de conseguir cuanto más dinero sea posible. Aunque para conseguir más dinero se cometan injusticias, se haga la vista gorda ante muchos aspectos de las relaciones comerciales, de negocio, de trabajo. Es aquello que decía el empresario Brasileño: las leyes de la economía obligan a preocuparse más del dinero que de las personas. Y ello es triste realidad tanto en el nivel más cercano a la mayoría de nosotros del comprar y vender, del trabajar más o menos, del pagar más o menos, del ser honesto a la hora de pagar nuestros impuestos, del vivir como si el supremo valor sea el dinero.

Y ello, me parece que debemos decirlo con toda claridad –como con toda claridad lo decía Jesucristo-, es un mal. Nadie quiere ser esclavo de nadie, pero fácilmente caemos en la tentación de ser esclavos del dinero. Y ello es un mal. Un mal que nos hace daño, que nos impide vivir como hombres y mujeres libres, que valoran mucho más el amor, la convivencia pacífica, el entendimiento y la ayuda de unos con otros, que no esta lucha por tener cada vez más, mientras otros tienen cada vez menos.

La gran lección de Jesucristo es decirnos que el dinero –aunque sea necesario para vivir- siempre incluye el peligro de esclavizar, de hacernos egoístas, de cerrarnos a los demás, de obsesionarnos. Por eso Jesucristo habla del dinero como de un dios, de un ídolo, ante quien –casi sin darnos cuenta- somos capaces de sacrificar lo mejor de nuestra vida. Por eso Jesucristo piensa y dice que los pobres están mucho más cerca del Reino de Dios que los ricos, que –por más buena voluntad que tengan- siempre están mucho más cerca de caer en la tentación de dejarse dominar por el dios dinero. Y esto, permitid que lo recuerde, no lo digo yo: lo dice Jesucristo.

Esta tentación del dinero es grave, muchas veces es la más grave para nuestra vida cristiana. Y que, por ello, necesitamos luchar contra ella con mucha sinceridad y mucho valor. Porque si no lo hacemos fácilmente puede suceder que nuestro dios sea el dinero y no el Dios de amor que nos reveló Jesucristo. El Dios de amor, de comunión, de saber compartir, que celebramos en esta eucaristía de cada domingo.

Francisco Albuixech

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[Comunidad Parroquial San Pedro. Puerto de Sagunto]