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XXVII DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO (C) - DIUMENGE XXVII DURANT L'ANY (C)

HOMILÍA

Auméntanos la fe, o mejor dicho, danos la fe. Es lo que los Apóstoles han pedido a Jesús. ¿No valdría la pena que hoy también nosotros, con la misma sencillez, repitiéramos esas mismas palabras? Auméntanos la fe, danos la fe. Vivimos en una sociedad que valora, por encima de todo, lo material, lo que se puede demostrar, lo práctico. La fe, en cambio, se mueve en otra dirección, nos hace mirar a las realidades que no se ven y que, por la palabra de Jesús, las esperamos.

La fe, el creer, no es primordialmente saber que Dios existe, saber que hay cosas que debemos hacer y que cosas están prohibidas, saber muchos libros sobre la vida cristiana y las verdades eternas. Porque ya nos dice Santiago en su carta que todo eso también los demonios lo saben y no les gusta en absoluto. La fe, el creer, es mucho más: es fiarse, es esperar, es querer caminar por donde Jesucristo caminó guiados por su Palabra. Y esta fe que cree, que confía, que espera, que camina, nos puede hacer fuertes de verdad, nos puede dar vida de verdad, nos puede hacer hombres y mujeres nuevos de verdad, etc… El contenido de nuestra fe es sencillo: Jesús ha muerto y ha resucitado y nosotros somos partícipes de su triunfo, de su vida divina, inmortal gloriosa. Esto es lo que creemos, esta es nuestra fe y esto es lo que le dijo a Marta tras la muerte de su hermano Lázaro: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre (Jn. 11,25-26).

La fe es vivir en comunión con Dios, es decir, no separar nunca de nuestra vida: fe y compromiso. Nuestras obras son las que manifiestan la fe que tenemos. De poco nos vale decir que tenemos fe si nuestras obras no corresponden a esa fe. Y si de verdad comprometemos nuestra fe, entonces estamos en comunión con Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo y Padre nuestro.

El creer es gratuito. Creemos en Jesús porque nos da un sentido a la vida. Recordemos la última estrofa del poema anónimo del siglo XVI No me mueve mi Dios para quererte: No me tienes que dar porque te quiera, / pues aunque lo que espero no esperara, / lo mismo que te quiero te quisiera.

Si cada uno tuviéramos que valorar nuestra fe, dónde la situaríamos. Nuestra fe puede estar dormida. Puede haber llegado a un momento que se da por supuesta, fruto muchas veces de acudir dominicalmente a la eucaristía de un modo rutinario sin pararnos a pensar qué creemos, por qué vamos a misa los domingos, etc…

En la segunda lectura vemos cómo también Timoteo vive en la tibieza y san Pablo le invita a reavivar el don de Dios que recibió cuando éste le impuso las manos. De modo que dé testimonio de su fe porque no se avergüence de dar testimonio de nuestro Señor.

La fe nos lleva a poner en práctica el evangelio de Jesús, el camino de vida que él nos ofrece. Sin fe actuaremos desde nuestras fuerzas y terminaremos cansándonos. En cambio, si nos apoyamos en Jesús podremos hacer realidad su mensaje. Concretamente ése que en los domingos anteriores hemos escuchado: aprender a ser humilde (domingo 22), acoger a todos sin discriminación (domingo 24), renunciar a las cosas secundarias (domingo 25)… Y otras muchas actitudes que leemos en el resto del evangelio: amor a los enemigos, devolver bien por mal, perdonar a quien nos ofende, no buscar los primeros puestos y honores…

Cada domingo los cristianos nos reunimos para celebrar nuestra fe: celebramos, como hemos dicho, que Cristo ha muerto y ha resucitado y nos ha abierto el camino de una nueva vida. Recibimos su cuerpo como alimento para sustentar nuestra fe. Y compartimos con otros creyentes nuestra fe para sentirnos acompañados en nuestro caminar. Seamos concientes, pues, que misa y fe son dos realidades inseparables.

Que esta Eucaristía, el Sacramento que nos ha dejado el Señor Jesús, esté llena de la oración de los Apóstoles: Señor, auméntanos la fe.

Francisco Albuixech

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[Comunidad Parroquial San Pedro. Puerto de Sagunto]