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XXXI DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO (C) - DIUMENGE XXXI DURANT L'ANY (C)

HOMILÍA

El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido

Estamos ya de lleno en los últimos domingos del año litúrgico. Y llegamos ya al término de la lectura contínua que hemos hecho del evangelio de San Lucas: llegamos al final de este repaso de cada uno de los hechos, de las enseñanzas, de las actuaciones de Jesús, que, durante tantos domingos, hemos seguido. El evangelista Lucas nos ha presentado, paso a paso, el camino de Jesús que se dirige hacia Jerusalén para culminar su misión, para morir y resucitar. Y en cada uno de los rincones de este camino hemos escuchado su palabra, hemos contemplado sus milagros, hemos experimentado su amor, hemos querido llenarnos de su vida.

El evangelio nos presenta un hecho sencillo, cargado de humanidad y de alegría. La historia que hoy hemos escuchado, la historia del encuentro entre Jesús y aquel hombre rico que era Zaqueo, que Lucas nos cuenta con tanta delicadeza, puede ser también la historia de nuestro encuentro con Jesús: puede ser muy bien el resumen de lo que es para nosotros el llamarnos cristianos, el creer que Jesús también ha entrado en nuestra vida y se ha quedado en ella.

A Zaqueo, que por rico que fuera, le picaba la curiosidad por ver a aquel Jesús de quien todo el mundo hablaba, y que arrastraba tantos seguidores tras él. Zaqueo quizás también sabía que aquel Jesús hablaba de un Reino de Dios que significaba dejar de actuar como un estafador y un aprovechado, pero eso ya le importaba menos: él sólo quería ver que clase de tipo era, y basta. Y, como era bajo de estatura, al ver que pasaba por allí corrió a subirse a una higuera para que no le tapasen la visibilidad.

Pero la sorpresa vino entonces: cuando Jesús, sin más preámbulos, lo miró, lo hizo bajar, y le dijo que se quedaba en su casa. Desde luego, Zaqueo no se lo merecía de ningún modo, que Jesús se fijara en él y se alojara en su casa, porque con su profesión robaba cuanto podía, especialmente a los más desamparados, y porque cuando se subió al árbol no fue porque tuviera ningún interés por seguir lo que Jesús decía, sino por simple curiosidad.

Pero Jesús entró en su casa y se alojó en ella. Jesús entró e hizo que muchas cosas cambiasen allí dentro: hizo, sobre todo, que aquel hombre sin escrúpulos y capaz de enriquecerse a cualquier precio, rompiera el nudo que tenía dentro y sintiera que él también podía vivir de otra forma: se diera cuenta de que su idolatría de la riqueza no podía hacerle feliz ni libre, y que por el contrario la presencia de aquel Jesús que se había alojado en su casa sí. Porque Jesús no creía nunca que hubiera ningún hombre totalmente estropeado; porque Jesús sabía que el primer problema de Zaqueo era no haber podido experimentar nunca que también él podía cambiar, que también él podía transformar el egoísmo en amor.

Y por eso, Zaqueo, hace delante de todos, esos propósitos que hemos escuchado todos: dar la mitad de sus bienes a los pobres, restituir el cuadruple de sus estafas. En definitiva, Zaqueo quiere coger la mano que Jesús le ha tendido, y quiere caminar por su mismo camino.

¿Y nosotros?... ¿No es esta también, de algún modo, nuestra historia? Porque también nosotros hemos sentido como Jesús nos decía que quería entrar en casa, y también nosotros queremos hacer este esfuerzo por corresponder.

Porque al fin y al cabo, nuestra fe nos ha llegado por el mismo camino que a Zaqueo. Nosotros no estábamos subidos en ninguna higuera curioseando al paso de Jesús, pero si que, de tantas y tantas formas, hemos ido recibiendo la llamada de Jesús: Baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa. Tantas y tantas formas, cuando pequeños en nuestra familia, y cuando mayores por este o aquel motivo. Tantas y tantas formas que hemos vivido en la calle, o en el trabajo, o con los familiares y amigos. Y tantas y tantas formas que, desde nuestro bautismo, hemos ido renovando con los sacramentos de la Iglesia.

Y por eso, ante tantas llamadas no hemos cerrado los ojos ni nos hemos tapado los oídos, porque aunque muy infieles hemos querido hacer el esfuerzo de convertirnos, debemos hoy dar gracias por todo lo que hemos recibido. Porque hoy, aquí, como en la historia de Zaqueo, Jesús ha entrado en nuestra casa.

Francisco Albuixech

Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero
que muero porque no muero.

Vivo ya fuera de mí,
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí;
cuando el corazón le di
puso en él este letrero:
que muero porque no muero
.

SANTA TERESA DE JESÚS

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[Comunidad Parroquial San Pedro. Puerto de Sagunto]