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IV DOMINGO DE PASCUA (A) - DIUMENGE IV DE PASQUA (A)

HOMILÍA

Yo soy la puerta de las ovejas

Los tres primeros domingos de Pascua la liturgia insiste en la experiencia de la resurrección de Jesús vivida por testigos concretos con nombre concreto: Pedro, Tomás, Cleofás, los discípulos,…

En los tres domingos siguientes el evangelio de Juan nos transmite palabras de Jesús, pronunciadas antes de la Pascua, pero escritas a la luz de la experiencia que se está viviendo en la comunidad de seguidores y seguidoras: el Crucificado es el Resucitado. Jesús no está muerto, ¡Jesús VIVE! Él es la puerta para encontrar la verdad, el camino y la vida; y el Espíritu será quien nos ayudará a llegar a esa experiencia.

Dos detalles del texto se pueden recordar: Jesús camina delante y conoce a sus ovejas. Él es el camino verdadero y viviente. Su vida y su muerte están patentes ante los ojos de todos. No dirige su comunidad desde un despacho. Por otra parte, en la comunidad de Jesús no se funciona como en una masa social en base a números de carnet o apellidos. El conocimiento es personal. Él conoce el nombre de cada oveja, y ellas le conocen a él. Nada parecido a un ejército o a una gran empresa. Rebaño y pastor son uno.

Jesús es la puerta de entrada de la comunidad cristiana más allá de las herencias sociales en materia de religión. Una puerta siempre abierta es una posibilidad que se ofrece y no es nunca un obstáculo. La comunidad y sus pastores de cada momento habrán de cuidar para no estrechar ni agrandar su dintel, modificando lo establecido por el único pastor. La fidelidad al Señor es el alimento de su rebaño.

No podemos comprender correctamente estas palabras de Jesús sin tener en cuenta el pasaje que las precede: la curación de un ciego de nacimiento. Esta sanación provocó una fuerte polémica con los fariseos, quienes expulsaron al ciego de la sinagoga porque había confesado que Jesús era el enviado de Dios. Jesús se refiere a ellos cuando habla de ladrones y bandidos, es decir, personas que abusan de los demás buscando su propio provecho. En contra posición, habla de sí mismo como de a su modo, pasando por su puerta solo así experimentarán la libertad y saciarán su hambre.

Jesús es el Buen Pastor, Yo soy el Buen Pastor, Yo soy la Puerta por la que quien entra, llega a la salvación. Jesús es el camino verdadero que nos conduce a Dios. Jesús se acerca a nosotros, a la comunidad, para darnos la paz, el amor, el perdón, la libertad; nos quita los miedos, a fin de que viviamos y nos comprometamos en la comunidad, en el barrio, y que los niños, los jóvenes, los ancianos, las familias, los trabajadores, los enfermos, los que no le conocen… vivan alentados y asombrados por Jesucristo, amándole, conociéndole, imitándole y colaborando con él. El Señor es mi pastor, nada me falta (Salmo 22).

¿Qué hemos de hacer, hermanos?, son las palabras que escuchamos en la primera lectura después de que las palabras de Pedro les traspasaran el corazón. Pedro les contestó: Convertíos y bautizaos todos en el nombre de Jesucristo para que se os perdonen los pecados; un modo de pasar por la Puerta, que es Cristo.

En el Evangelio escuchamos: Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido, Así, todo lo relacionado con el egoísmo, la soberbia, la envidia, desfigura el plan salvador de Dios sobre el mundo y cada uno de nosotros. Pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. Si deseamos llegar a Dios y que nuestra relación sea personal con Él, hemos de pasar por Jesús. Él nos presenta al Padre.

Yo he venido para que tengan vida, y la tengan abundante.

¡Gracias, Señor por amarnos así!.

¿Gracias por ser Pueblo de Dios!.

Jesús nos llama amigos; se nos da en alimento y bebida de salvación; es humilde: No se apropió su dignidad divina; por el contrario, se rebajó (Flp 2) Jesús es el Buen Pastor que conoce y comprende a los suyos sin avasallamiento, sin desprecio. A Jesucristo le importamos tanto que ha entregado su vida por nosotros. Esto nos llena de alegría y nos hace crecer en Comunidad, amando a Dios y sirviendo a nuestros hermanos y hermanas.

Señor, somos débiles, te pedimos en esta Eucaristía dominical que encontremos la fuerza y la alegría para seguirte y amarte.

Francisco Albuixech



Al proclamar el Concilio la altísima vocación del hombre y la divina semilla que en este se oculta, ofrece al género humano la sincera colaboración de la Iglesia para lograr la fraternidad universal que responda a esa vocación. No impulsa a la Iglesia ambición alguna terrena. Solo desea una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu, la obra de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir, no para ser servido.

Gaudium et spes, 3,2


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[Comunidad Parroquial San Pedro. Puerto de Sagunto]