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DOMINGO DE PENTECOSTÉS - DIUMENGE DE PENTECOSTA

HOMILÍA

Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo

Pentecostés es la tercera gran Pascua cristiana, la tercera celebración liberadora. La primera fue Navidad, cuando el Hijo de Dios se hace humano y amigo, pobre y pequeño, ya hay esperanza para la humanidad, porque Dios viene a convivir con los hombres, al colocar su tienda entre nosotros. La segunda fue Pascua de Resurrección, el triunfo del amor sobre el odio, de la compasión y el perdón sobre la venganza, la vida sobre la muerte. La tercera, la fiesta de hoy, Pentecostés. Dios se hace aliento vital, fuerza que pone en movimiento todo, fuego que todo lo abrasa y transforma. Es el don del Espíritu que todo lo recrea.

Las raíces de la fiesta de Pentecostés son bíblicas: coincide en la judía en su nombre (Pentecostés significa cincuenta). Al principio, los cristianos celebraron Pentecostés como el final de una Pascua de cincuenta días. Se consideraba el misterio Pascual como un todo: Resurrección, Glorificación-Ascensión. Vida de los hijos de Dios comunicada por el Señor mediante el envío de su Espíritu. Después se hizo una cierta partición, y Pentecostés celebra el don del Espíritu y la apertura de la Iglesia a nuevos pueblos.

La frase del evangelista Juan, diciendo que Jesús, exhaló su aliento sobre ellos, nos recuerda los orígenes de lo que Dios hizo para dar vida al hombre que había modelado de la arcilla del suelo (texto que leíamos en el primer domingo de Cuaresma). De esta manera, el evangelio nos dice que Cristo Resucitado, dándonos su Espíritu, es el Creador de la nueva humanidad.

El don del Espíritu Santo es fruto de la resurrección del Señor. Es el Resucitado quien lo da. Don del Espíritu y Resurrección del Señor no se pueden separar. El Espíritu Santo nos ha sido dado para la nueva presencia de Dios entre nosotros, como se nos prometía en el evangelio de hace dos domingos.

Es por el Espíritu Santo que Cristo vive en medio de nosotros y en cada uno de nosotros. Es por el Espíritu Santo que podemos ver al Señor – ver con los ojos de la fe-. Es por el Espíritu Santo que podemos acoger la persona de Cristo resucitado en la Iglesia reunida, en la Escritura proclamada como Palabra viva, en los sacramentos y en la vida, en las personas –sobre todo en las más pobres- y en los acontecimientos. Es por el Espíritu Santo que podemos pasar a la acción y dar la vida por los demás como ha hecho Cristo, abiertos a la Esperanza del Reino de Dios.

Pienso que los cristianos tenemos que esperar lo que el Señor nos prometió: que enviaría su Espíritu para quedarse siempre con nosotros, promesa que ya es realidad. Lo que hace falta para transformar la Iglesia y la sociedad es permanecer atentos a lo que el Espíritu comunica a las Iglesias, dejándonos guiar hacia donde Él nos indique. Sólo desde la fidelidad al Espíritu de Dios nuestro mundo podrá ser transformado y salvado.

El Espíritu de Jesús nos impulsa:

1º.- A una opción preferencial por los pobres, un desafío para la Iglesia y para el mundo de hoy. Dios hoy nos habla e interpela desde el silencio, al que han sido reducidos millones de seres humanos y pueblos.

2º.- A la igualdad, tarea de una auténtica humanidad. Esta igualdad es consecuencia y expresión de que todos somos hijos de Dios y hermanos gracias a la acción del Espíritu.

3º.- A la universalidad, que supere los particularismos e integre las diferencias, pues fruto del Espíritu de Pentecostés fue romper las barreras, los privilegios, los intereses de los diversos grupos religiosos, económicos, sociales, etc… Hay que respetar las diferencias y estar muy lúcidos para evitar que ninguna diversidad pretenda convertirse en excluyente y querer predominar sobre los otros.

Ven, Espíritu divino, / manda tu luz desde el cielo. / Padre amoroso del pobre; / don, en tus dones espléndido; / luz que penetra las almas; / fuente del mayor consuelo. Amén.

Francisco Albuixech



Ven, Espíritu del Padre y del Hijo.
Ven, Espíritu de amor.
Ven, Espíritu de infancia, de paz,
de confianza y de alegría.
Ven, secreta alegría.
que brillas a través de las lágrimas del mundo.
Permanece en nosotros.
No nos abandones nunca.
Ni a lo largo del combate de la vida,
ni cuando esta toque a su fin
y nos hallemos tan solos.
¡Ven, Espíritu Santo!

Kart Rahner


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[Comunidad Parroquial San Pedro. Puerto de Sagunto]