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XV DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO (A) - DIUMENGE XV DURANT L'ANY (A)

HOMILÍA

Salió el sembrador a sembrar

La liturgia de este domingo nos presenta la parábola del sembrador. En ella se nos muestra, de una manera muy clara, la iniciativa de Cristo que sale a sembrar su palabra a todos. Siembra la semilla de su Reino en el interior de toda persona. Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda creación (Mc. 16,15). Ninguna persona puede quedar excluida.

El sembrador es Jesús, y la parábola es una invitación a confiar en Él y en su Palabra. Es Jesús quien siembra en el interior de cada de cada ser humano. Es Él quien siembra en nosotros el deseo por una vida mejor y más humana, tal como Dios la desea. Él nos invita y nos empuja a salir de un mundo viejo y egoísta hacia otro más fraterno y más humano. Nos invita a entrar en el Reino de Dios.

El Señor compara la vitalidad de su palabra con la vitalidad de una semilla, y es que como nos dice el profeta Isaías, la palabra que sale de sus labios no vuelve infecunda, sin haber hecho lo que él quería. La Palabra de Cristo no sólo es informativa. Es una palabra que impacta y transforma.

Por el bautismo, el Señor ha plantado en nosotros la vida cristiana que lucha por crecer y desarrollarse. Esta vitalidad la genera el Espíritu Santo, que está presente en medio de nosotros y que no cesa de animarnos, motivarnos, vivificarnos, de luchar en nuestro interior para llevarnos a la plena configuración con Cristo. El Espíritu Santo empuja en nuestro interior para comunicarnos más vida, para que demos fruto en abundancia.

Sembrar es transmitir la alegre experiencia de Jesús. Es por tanto, algo que no se puede hacer con la rutina fría de un profesional. Ser padre, madre o amigo no puede ser entendido como una profesión. No obstante, siempre habrá que trabajar para que la semilla arraigue, profundice. Sembrar supone trabajar, cultivar, cuidarnos de no manipular las personas, dejarlas que vayan creciendo en responsabilidad y en fe; quien se decide a seguir a Jesús y a confiar en su Palabra, descubrirá una alegría tan profunda en su corazón que ya nadie podrá quitársela.

En cambio, cuando nuestra mente y nuestro corazón están “embotados” porque no nos vemos más que a nosotros mismos, cuando nos hacemos incapaces de compartir porque lo consideramos perder, cuando no sabemos ver en los otros a iguales y a hermanos… no sabemos lo que es el Reino, aunque hayamos ido a catequesis y hayamos leído algún libro de teología. Nos sucede lo mismo que tener ojos y no ver, oídos pero no ser capaces de escuchar.

Hoy como ayer, la Palabra de Dios es nítida; pero tal vez, para escucharla, tengamos que alejarnos del ruido y aprender a oírla en los sonidos del silencio del corazón, en la vida de Jesús de Nazaret y en la vida de los pobres.

La Eucaristía que estamos celebrando abona nuestra tierra para que la semilla del Reino de Dios dé mucho fruto en nosotros.

Francisco Albuixech



Cómo desearíamos que se renovara y fortaleciera en nosotros el amor al silencio, este admirable e indispensable hábito del Espíritu, tan necesario para nosotros, que estamos aturdidos por tanto ruido, tanto tumulto, tantas voces de nuestra ruidosa y en extremo agitada vida moderna. Silencio de Nazaret, enséñanos el recogimiento y la interioridad…

Pablo VI, alocución en Nazaret, el 5 de enero 1964



SEMBRANDO

¡Hay que luchar por todos los que no luchan!
¡Hay que pedir por todos los que no imploran!
¡Hay que hacer que nos oigan los que no escuchan!
¡Hay que llorar por todos los que no lloran!
Hay que ser cual abejas que en la colmena
fabrican para todos dulces panales.
Hay que ser como el agua que va serena
brindando al mundo entero frescos raudales.
Hay que imitar al viento, que siembra flores
lo mismo en la montaña que en la llanura,
y hay que vivir la vida sembrando amores,
con la vista y el alma siempre en la altura.
¡Hay que vivir sembrando!
¡Siempre sembrando!...

Marcos Rafael Blanco Belmonte


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