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XIV DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO (A) - DIUMENGE XIV DURANT L'ANY (A)

HOMILÍA

Mándame ir hacia ti andando sobre el agua

El evangelio de hoy es continuación del de domingo pasado: Jesús se presenta a los discípulos en medio del mar alborotado. La primera lectura prepara esta presencia de Jesús con otra presencia, la de Dios ante Elías. La segunda lectura continúa la carta a los Romanos, donde Pablo expone su dificultad de entender por qué el pueblo de Israel no acepta el Evangelio de Jesús.

En tiempo de Elías parece que la fe ha desaparecido del reino de Israel. El profeta está desesperado. Tanto, que llega a desear la muerte. No obstante, sostenido por Dios, emprende una peregrinación hacia el Sinaí. Allí, cuando llega la brisa suave se le revela, como a Moisés, el Señor. Ahora puede volver a su misión, a pesar de la oposición del poder real.

Elías tiene problemas muy graves. Pero en la dificultad busca la presencia de Dios. Hace una larga peregrinación de cuarenta días hasta el monte horeb, aquel lugar donde Moisés recibió las tablas de la ley y donde Dios estableció la alianza con el pueblo de Israel. Elías sube a la soledad de la montaña para encontrarse cara a cara con el Señor.

Nosotros podríamos preguntarnos: en las dificultades, ¿busco la presencia de Dios, busco estar cara a cara con él?. Muchas veces le pedimos que nos saque de la dificultad, pero a menudo lo que Dios nos quiere dar es fuerza, consuelo y coraje para afrontar la dificultad. Como los primeros cristianos que, en medio de las persecuciones que experimentan por anunciar el evangelio, su plegaria es pedir a Dios valentía para continuar anunciando su Palabra (Hch. 4,29).

En el evangelio hemos visto como, después de la multiplicación de los panes y los peces, Jesús apremia a sus discípulos para que se le adelanten, con la barca, hasta la orilla. Entre las tres y las seis de la madrugada se les acerca Jesús andando sobre el agua, pero los discípulos son incapaces de reconocerlo. El miedo les hace ver en él un fantasma. Los miedos son el mayor obstáculo para reconocer, amar y seguir a Jesús como Hijo de Dios que nos acompaña y salva en las crisis.

En la Iglesia de Jesús ha entrado el miedo y no sabemos cómo liberarnos de él. Tenemos miedo al desprestigio, la pérdida de poder y el rechazo de la sociedad. En el fondo de estos miedos hay casi siempre miedo a Jesús, poca fe en él, resistencia a seguir sus pasos. El mismo nos dice: ¡Qué poca fe!, ¿Por qué dudáis tanto?.

La reacción de Jesús es inmediata: Ánimo, soy yo, no tengáis miedo. Pedro hace a Jesús una petición: Señor, si eres tú, mándame ir a ti andando sobre el agua. No es fácil vivir de esta fe desnuda. El relato evangélico nos dice que Pedro sintió la fuerza del viento, le entró miedo y empezó a hundirse. La fe es muchas veces un grito, una invocación, una llamada a Dios: Señor, sálvame. Hombre de poca fe, ¿por qué dudas?.

Antes que nada hemos de recordar que la fe nunca es algo seguro, de lo que podemos disponer a capricho. La fe es un don de Dios que hemos de acoger y cuidar con fidelidad. Por eso el peligro de perder la fe no viene tanto del exterior, sino de nuestra actitud personal ante Dios.

Las dudas pueden ser una ocasión propicia para purificar más nuestra fe, arraigándola de manera más viva y real en el mimo Dios. Es el momento de apoyarnos con más firmeza en él y de orar con más verdad que nunca.

Cuando uno es cristiano de nacimiento, siempre llega un momento en el que nos hemos de preguntar si creemos realmente en Dios o simplemente seguimos creyendo en aquellos que nos han hablado de él desde que éramos niños.

He iniciado la homilía viendo cómo en las dificultades Elías se pone en presencia de Dios. También nosotros ahora estamos ante su presencia. Dios vendrá a nosotros. Y no en un huracán, o un terremoto, o en un fuego, sino sencillamente. Escondido bajo los velos de pan y del vino. Salgamos como Elías ante su presencia y adorémoslo con todo el corazón.

Francisco Albuixech



Las cosas que se van no vuelven nunca,
todo el mundo lo sabe
y entre el claro gentío de los vientos
es inútil quejarse.
¿Verdad, chopo, maestro de la brisa?
¡es inútil quejarse!

Federico García Lorca



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[Comunidad Parroquial San Pedro. Puerto de Sagunto]