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XXVIII DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO (A) - DIUMENGE XXVIII DURANT L'ANY (A)

HOMILÍA

A todos los que encontréis, convidadlos a la boda

Muchos cristianos viven como dormidos, enajenados, aislados por las comunicaciones incontenibles, hipotecados por el consumismo imparable, asustados por la crisis y sus consecuencias y amenazas. En este panorama hace falta recurrir a la utopía, soñar, para despertar y abrir los ojos y darnos cuenta de que así no podemos seguir, que no podemos conformarnos con ir tirando de la vida que es de todos, ni podemos consentir que hipotequen igualmente nuestro futuro, porque el futuro es nuestro.

La parábola que nos presenta hoy el evangelio complementa y concluye las otras cuatro que hemos escuchado en los últimos domingos. El evangelista sitúa a Jesús en la última semana de su vida en la ciudad de Jerusalén, donde entra en polémica con los grandes sacerdotes y notables del pueblo.

La tensión entre Jesús y los dirigentes del pueblo se acentúa notablemente hasta hacerse insostenible la convivencia. Falta poco para que se cumpla su destino. Estamos a las puertas de la pasión. Y ahí en este contexto se sitúa la parábola de este domingo. Es la última de las parábolas que acusan a los dirigentes de los judíos por haber rechazado a Jesús.

El rey representa a Dios. El banquete es imagen de la alianza entre Dios y su pueblo. Los enviados son los profetas y los apóstoles. Los primeros destinatarios son los judíos. Aquellos que los criados encuentran por los caminos representan a los paganos, los de fuera. El hecho de que Israel haya rechazado su misión no impide que todos los pueblos puedan participar en el banquete.

Una observación para los nuevos invitados, final de la parábola: para sentarse a la mesa no basta con haber sido llamado, hay que llevar puesto el vestido de bodas. Es decir, hay que cumplir con las condiciones establecidas y presentarse con la dignidad que merece la ocasión. Y para ello se requiere una actitud de CONVERSIÓN.

La parábola de Jesús nos vuelve a recordar a todos que en el fondo de la vida hay una invitación a buscar la libertad y la plenitud por otros caminos. Y nuestra mayor equivocación puede ser desoír ligeramente la llamada de Dios, marchando cada uno a nuestras tierras y nuestros negocios.

Seguiremos huyendo de nosotros mismos, perdiéndonos en mil formas de evasión, tratando de olvidar a Dios y evitando cuidadosamente tomar en serio la vida. Pero la invitación no para. En el fondo de muchas posturas de increencia, ¿no se esconde un temor al cambio que necesariamente se tendría que producir en nuestra vida si tomáramos en serio a Dios?.

Sin duda se encierra una gran verdad en la plegaria de san Juan de la Cruz: Señor, Dios mío, tú no eres extraño a quien no se extraña contigo. ¿Cómo dicen que te ausentas tú? .

Finalmente, no puede pasar desapercibido el hecho de que la relación entre Dios y la humanidad se exprese con la comparación de un banquete de bodas. En definitiva, la fe es el don de enamorarse de Dios y corresponder a su amor, y los enamorados hacen de su vida una fiesta permanente, un banquete al cual todos estamos invitados.

Cada domingo nos reunimos para celebrar la Eucaristía en ella se nos recuerdan las palabras y los comportamientos de Jesús. El nos da siempre la pista. Y nosotros no debemos hacer como los sumos sacerdotes y los notables judíos o como los primeros invitados de la parábola que hoy hemos leído, que no consideran importante el banquete de bodas. Nosotros abramos nuestro corazón, muy de verdad, a la invitación que nos hace Jesús en esta celebración. Esforcémonos cada día por seguir a Jesucristo.

Francisco Albuixech



Si algo aspiramos, es que el hombre no sea algo cerrado, sin anhelo, sin inquietud, satisfecho en sus mediocres consecuciones, pues ello sería síntoma de falta de esperanza y, por consiguiente, el triunfo de la nada, del sin sentido.

F. Velasco, “La Esperanza como compromiso, 94”



Señor Jesús, que dijiste que tu reino era como un gran banquete de bodas, al que todos estamos invitados.
Líbrame de ataduras terrenas para entender que tu reino del más allá se construye ya hoy y aquí, en este mundo tuyo.
Dame, Señor, espíritu de lucha para proclamar la verdad del Evangelio.
Dame espíritu inconformista, para no transigir ni contemporizar con cualquier reino que pretenda alagar a los débiles.
Dame espíritu de conquista para rescatar mi propia vida de falsos halagos y hacer llegar tu invitación al reino a todos los seres humanos.
Reina ya en mí, en mi casa, en mi trabajo, en mi barrio, en mi parroquia, en mi pueblo.
Reina, Señor en el mundo entero.

Eucaristía, 09 de octubre 2011



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