Epifanía del Señor

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LA EPIFANÍA DEL SEÑOR - LA EPIFANIA DEL SENYOR

HOMILÍA

Venimos de Oriente a adorar al Rey

El Papa Benedicto XVI, el sábado 20 de agosto de 2005, pronunció un discurso en la Vigilia con los jóvenes, en la explanada de Marienfeld de Colonia. Recojo, a continuación, algunas de las principales ideas.

El camino interior. San Mateo describe así el encuentro de los Magos con Jesús: Entraron en la casa, vieron al Niño con María y, cayendo de rodillas, lo adoraron. Se ha acabado el largo viaje, y han llegado a la meta. Atrás quedan los peligros, el cansancio, la duda, la inseguridad. Pero ahora comienza para ellos un camino interior. Seguramente el Rey que se habían imaginado era diferente de esta criatura de gente pobre que encuentran en Belén. Debían, pues, aprender que Dios es distinto de como acostumbramos a imaginarlo. Aquí comenzó su camino interior. Comenzó en el mismo momento en que se postraron ante este Niño y lo reconocieron como el Rey prometido. Los Magos son dignos de admiración no por su conocimiento de las estrellas, sino por su corazón que busca a Dios.

Debían cambiar sus ideas sobre Dios y sobre los hombres y mujeres. Habían visto que el poder de Dios es diferente del poder de los que mandan en este mundo. El modo de actuar de Dios es distinto de cómo lo imaginamos y distinto de como quisiéramos que actuase. Dios no hace la competencia a las formas terrenales del poder. No saca sus divisiones para oponerse a los ejércitos de la tierra. Cuando Jesús estaba en el Huerto de los Olivos no envió doce legiones de ángeles para ayudarle. En este camino interior que han iniciado los Magos se dan cuenta de que Dios es diverso y que ellos mismos tienen que ser diferentes si quieren aprender el estilo de Dios.

Habían venido para ponerse al servicio de este Rey y modelar su realeza sobre la suya. Éste era el sentido de su gesto de acatamiento, de adoración. Los personajes que venían de Oriente, con el gesto de adoración, querían reconocer a este Niño como su Rey y poner a su servicio el propio poder y las propias posibilidades, siguiendo un camino justo.

Y todo esto de la naturaleza diversa de Dios que ha de orientar nuestras vidas suena un poco a etéreo. Por eso Dios nos ha dado ejemplos concretos. Los Magos que vienen de Oriente no son más que los primeros de una larga serie de hombres y mujeres que han buscado el encuentro con Jesús siguiendo la estrella divina. Es la muchedumbre de los santos, conocidos o desconocidos, que con sus vidas nos han revelado la riqueza del evangelio, haciendo de él un libro ilustrado, un libro con santos. Los santos no se han preguntado cómo puedo ser feliz, sino que han querido simplemente entregarse a Dios y al prójimo. Nos enseñan cuál es el camino de la felicidad y nos muestran cómo se puede a la vez ser personas plenamente humanas. En las vicisitudes de la historia han sido los verdaderos reformadores. Basta pensar en figuras como san Benito, san Francisco de Asís, santa Teresa de Ávila, san Ignacio de Loyola, san Carlos Borromeo, los fundadores de las órdenes religiosas del siglo XVIII, que han animado y orientado el movimiento social, o los santos de nuestro tiempo: Maximilíano Colve, Edith Stein, Madre Teresa, Padre Pío.

Quien quiera encontrar a Jesús tiene que enterrar sus prejuicios. Los Magos no hubieran encontrado nunca al Niño si se hubieran dedicado a buscarlo en los palacios reales, que es donde creemos que están los reyes. Tampoco podemos saber dónde vamos a encontrarnos con Jesús en nuestra vida. Sólo una cosa es segura: Quien lo busca de todo corazón, lo encontrará.

El hecho religioso a menudo se asocia al odio y a la violencia. El fanatismo de ciertos fundamentalismos da pie a tal punto de vista. Es importante purificar la religión y descubrir el verdadero rostro de Dios. Los Magos de Oriente lo encontraron cuando se postraron ante el Niño de Belén. Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre, dijo Jesús a Felipe (Jn 14,9). Jesús es el camino que nos conduce al verdadero rostro de Dios.

Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y, cayendo de rodillas, lo adoraron (Mt 2,11). Ésta no es una historia lejana, de hace mucho tiempo. Es una presencia. Aquí, al celebrar la Eucaristía, Él está con nosotros y entre nosotros. Como entonces, se oculta misteriosamente en un santo silencio y, como entonces, desvela precisamente así el verdadero rostro de Dios. Por nosotros se ha hecho grano de trigo que cae en tierra y muere y da fruto hasta el fin del mundo (cf. Jn 12,24). Él está presente, como entonces en Belén. Y nos invita a ese camino interior que recorrieron los Magos. Pongámonos ahora en camino con el espíritu y pidámosle a Él que nos guíe.

Francisco Albuixech



Yo soy Gaspar. Aquí traigo el incienso.
Vengo a decir: la vida es pura y bella.
Existe Dios. El amor es inmenso.
Todo lo sé por la divina estrella.
Yo soy Melchor. Mi mirra aroma todo.
Existe Dios. Él es la luz del día.
La blanca flor tiene los pies en lodo
y en el placer hay la melancolía.
Soy Baltasar. Traigo el oro. Aseguro
que existe Dios. Él es grande y fuerte.
Todo lo sé por el lucero puro
que brilla en la diadema de la muerte.

Rubén Darío



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[Comunidad Parroquial San Pedro. Puerto de Sagunto]