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II DOMINGO DE ADVIENTO (B) - DIUMENGE II D'ADVENT (B)

HOMILÍA

Allanad los senderos del Señor

El Adviento es un tiempo relativamente breve: cuatro semanas. Ya hemos pasado una, sólo nos quedan tres. Ya hemos encendido la segunda vela de la corona de Adviento. ¿Seremos capaces de aprovechar este tiempo que Dios nos regala para que nos decidamos de veras a ser hombres y mujeres de esperanza? Para que nos decidamos a convertirnos, es decir, para que dejemos atrás lo que nos separa del amor de Dios y de los hombres. ¡Intentémoslo! ¡Vale la pena! ¡Estemos alerta!.

Siempre que vamos un poco perdidos hemos de volver a nuestros maestros. Y los maestros de Adviento son tres: el profeta Isaías, Juan el Bautista y María de Nazaret, la Madre de Jesús.

Navidad es paz, diremos dentro de tres semanas. Y el profeta Isaías nos hace sentir poéticamente la solicitud de nuestro Dios que como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo, lo reúne, toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres. El Adviento es un tiempo para consolidar nuestros deseos de una convivencia amable. Y a Juan el Bautista le llamamos el precursor, el que camina delante, el que abre caminos a la venida de Jesús. Todos tenemos esta misma responsabilidad: abrir caminos para que Jesús llegue al corazón de la humanidad. Y María de Nazaret. Mañana lunes seremos convocados de nuevo a celebrar la fiesta de la Inmaculada. María es la madre que espera al hijo. Nadie espera, como una madre, la venida del hijo. Por eso es modelo de esperanza; de una esperanza activa, porque hay que preparar muchas cosas cuando se espera un hijo. También nosotros debemos apresurarnos a preparar de nuevo el nacimiento de Jesús, en nuestro corazón, en nuestras familias, en la parroquia, pueblos y ciudades.

El apóstol Pedro, en su segunda carta, en la segunda lectura de este domingo, nos ha invitado ya a hacer de este tiempo de Adviento un tiempo de conversión: Tiene mucha paciencia con vosotros porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan.

Esta conversión nos ha de llevar al cumplimiento de nuestra esperanza, también expresada por el Apóstol Pedro cuando nos dice: esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia.

Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Cuando a lo largo de este año litúrgico vamos escuchando poco a poco el evangelio de Marcos, siempre hemos de recordar esta apertura: es la buena nueva de Jesús. No hay nada más importante en nuestra vida que la buena noticia de Jesús.

Y seguidamente nos es presentada la figura de Juan el Bautista, uno de los maestros del Adviento: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos. Juan el Bautista predicaba un Bautismo de conversión, nos dicen Marcos y Lucas.

La conversión, el cambio, hacer y pensar las cosas de otra manera, no es porque sí, no es porque ahora toca o porque lo dicen los políticos de turno. La conversión es necesaria con vistas a la venida del Reino de Dios. Lo que importa, pues, es que en este Adviento cambiemos lo que sea necesario, para que la Navidad signifique de veras una irrupción del Reino de Dios: que Jesús, su evangelio, su manera de hacer, su preocupación por los que sufren, su proximidad con los más humildes, con los marginados…, que todo esto nazca en el corazón del hombre y de la mujer de hoy.

En uno de los prefacios de Adviento decimos: Aquel que Juan proclamó ya próximo y señaló después entre los hombres… nos concede ahora prepararnos con alegría al misterio de su nacimiento. Y es también el que nos da la alegría de compartir esta Eucaristía.

Francisco Albuixech



Ya no podemos confiar en las fuerza ciegas y en la mano invisible del mercado. El crecimiento en equidad exige algo más que el crecimiento económico… Estoy lejos de proponer un populismo irresponsable, pero la economía ya no puede recurrir a remedios que son un nuevo veneno, como cuando se pretende aumentar le rentabilidad, reduciendo el mercado laboral y creando así nuevos excluidos.

La alegría del Evangelio, 204



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[Comunidad Parroquial San Pedro. Puerto de Sagunto]